Esta es la primera entrada de este blog. Y quiero que sea muy simbólica. Lo haré en nombre de mi hijo mayor. Recién hace 1 día, junto al resto de sus compañeros y amigos de colegio, se consagraron como campeones por segundo año consecutivo del torneo de básquetbol escolar organizado por su colegio, llamado “Copa Conce”.
Este es un momento muy especial a nivel emocional para mí y de seguro también para mi esposa, su madre; porque hemos visto en primera fila todo el sacrificio, el sufrimiento, el dolor, pero también la pasión y el amor que siente por este deporte.
No es un deporte con el que nació ni desarrolló desde sus primeros pasos. Sino todo lo contrario. Apareció en su adolescencia. Todos sus amigos jugaban y participaban de un equipo. A él no le gustaba, pero poco a poco comenzó a jugar, participar y más. Hasta que da el gran salto y pide poder ingresar al mismo equipo con el resto de sus amigos. Era su primera experiencia de entrenamiento real en un equipo de basquetbol.
Los problemas no se tardaron en llegar, junto con la frustración. Era evidente la diferencia que tenía con el resto de sus amigos. Algo que en los entrenamientos se lo hacía notar constantemente su entrenador. Para bien y para mal.
Pero con el correr del tiempo, fue aprendiendo, todo lo referido al juego, desde técnica, posicionamiento, defensa, ataque, etc. Y aquí empieza aparecer la magia en mi hijo, que me cautivó desde que lo vi. Comenzó a entrenar en casa, haciendo una rutina de levantamiento con pesas. Y día a día, sagradamente entrenaba.
Debo reconocer, en un comienzo me sorprendió. Pensé que iba a tratarse de algo pasajero, sin embargo no paraba. Pasaban los días, las semanas y él continuaba entrenando. Sumado a eso, practicaba con el balón en su pieza, todo tipo de movimientos, giros y más; lo que le permitía hacerlo en un espacio reducido de su pieza de 3×2 metros.
Aparecieron las frustraciones en el equipo. Falta de minutos en cancha para jugar en los partidos de liga, cuando entraba al primer error el entrenador lo sacaba (acá mi desprecio hacia él) y no volvía a entrar en ese partido. Mirando desde fuera sentía una impotencia muy grande, porque ya me daba cuenta el dolor que eso le provocaba. Ya éramos testigos del profundo amor por este deporte y sus enormes ganas por jugar, aprender y superarse.
Pero a pesar de todo, nunca una frustración lo llevó a alejarse del deporte que ama. Después de cada desprecio del entrenador el fin de semana, el lunes de la semana siguiente llegaba a su entrenamiento normal con él, con todas las energías. Nunca faltó a uno por desmotivación o frustración. Solo faltó por lesión o por tener que estudiar algo importante para el colegio. Pero sus entrenamientos eran sagrados.
El año pasado ya se consagró campeón con este mismo equipo en su 3º medio, en la misma “Copa Conce”. Pero ahora era diferente. Es su último año como estudiante y quería ser campeón en “casa”.
Y el camino fue muy duro. Tuvieron derrotas inesperadas, en un momento se vieron fuera de toda posibilidad de llegar a la final. Ese día fue muy negro para él. Un dolor y una pena indescriptible.
Pero en esos milagros del deporte, se dieron algunos resultados inesperados y que justo abrieron la puerta para poder llegar a la final y sería contra el mismo equipo con el que abrieron el torneo y habían perdido por 1 punto. Era el escenario de revancha perfecta.
Nunca había sufrido tanto mirando un partido de él. Muchas veces abajo en el marcador, pero siempre con la lucha. Lo vi jugar y sobretodo defender como nunca. Sentía que se estaba jugando la vida. Me emocionó verlo con esa garra. Son esos momentos donde uno como padre mira y no siente nada más que orgullo.
Penetró dos veces logrando bandejas y hasta incluso con su mano menos hábil. Dicho sea de paso, que ganas de mandarle esa jugada al ex entrenador y decirle mira cómo cambia un joven cuando se le dan las oportunidades y creen en él.
Últimos segundos, un punto arriba y un bloqueo maravilloso en la última jugada de Mike (¡qué grande que eres!) y el equipo campeón. Gritos, felicidad, toda la tribuna feliz.
Y acá vino lo más hermoso de todo. En un momento nos dimos cuenta que entremedio de toda la felicidad, algo le faltaba. Se le veían los ojos rojos. Y de pronto caminando, logra mirar a mamá y camina veloz hacia ella. Felicidad, llanto desconsolado y un abrazo que funde corazones. Ahí nos dimos cuenta cómo estaba viviendo todo por dentro y necesitaba desahogarse en los brazos que durante toda su vida han estado para momentos como ese: los de mamá.
Y esos segundos que duró ese abrazo, se transformaron en mi momento de máximo orgullo y felicidad. Nada de lo que he logrado por mí mismo en mi vida y sea motivo de orgullo y felicidad, se compara con la emoción de ver a tu hijo triunfar en lo que ama, darlo todo y sentirlo todo en un profundo llanto de descarga y alivio.
Hay tantas lecciones que me llevo de todo esto. Desde la importancia de la disciplina y la constancia, el entrenamiento, la perseverancia, tolerancia a la frustración, resiliencia y más. Pero lo más importante para mí en esto: El regalo de ser padre y ver a tu hijo feliz no tiene precio ni se puede colocar en palabras. Todo este escrito es un intento de hacer eso. Y a pesar de todo, siento que no lo he conseguido.
Definitivamente existen cosas que por más que se intenten explicar, no se puede. Solo resta vivirlo, sentirlo y atesorarlo en las cosas más importantes de tu corazón.
Gracias por este regalo hijo. Te amo.



